top of page

Un confinamiento propio: reflexiones sobre el cuidado

  • Foto del escritor: Destapemos la Olla
    Destapemos la Olla
  • 9 jun 2020
  • 12 min de lectura

Escrito por: Laura Gómez


Las mujeres dedican cuatro veces más tiempo al trabajo no remunerado que los hombres, donde las labores domésticas son a las que más tiempo le dedican. La pandemia del COVID-19 ha llevado a que más o menos un tercio de la población mundial se confine en sus casas, haciendo más evidente e incluso, incrementando el tiempo que las mujeres dedican a las actividades domésticas de cuidado.

Partiendo del postulado de la teoría feminista que plantea que las labores de cuidado ejercidas por las mujeres de la sociedad, y que son invisibilizadas, sirven de sostén para el funcionamiento del sistema capitalista, en este ensayo se pretende ahondar acerca del confinamiento femenino en relación con la coyuntura pandémica actual, donde se reflexione en torno a la crisis estructural del capitalismo y el papel que estas labores invisibilizadas de las mujeres juegan en esta.

La mujer cuidadora

Simone de Beauvoir (1949) decía que el ser humano no es una especie animal, este es una realidad histórica, por lo tanto, la mujer y el papel que se le a dado en la sociedad no puede ser atribuido a una realidad biológica, es así como “la conciencia que la mujer adquiere de sí misma no está definida por su sola sexualidad: refleja una situación que depende de la estructura económica de la sociedad” (pg. 53). En El Origen de la Familia, Engels hace un recorrido histórico de la mujer, la cual depende de las técnicas y materiales que guiaban la vida económica en cada época. Este autor propone, entonces, que con la llegada de la propiedad privada se da la gran derrota histórica del sexo femenino puesto que el hombre se convierte además del dueño de la tierra y de los esclavos, en el dueño de la mujer, éste es el origen de la familia patriarcal, de esta forma, con el capitalismo, la mujer junto con el proletariado se convierten en los dos oprimidos del sistema.

Sin embargo, no está del todo claro que haya sido la propiedad privada la que construye el papel de la mujer en el trabajo doméstico o de cuidado, entendiendo a este último como el trabajo no remunerado y que se relaciona con el cuidado de la vivienda, otras personas del hogar o la comunidad y el mantenimiento de la fuerza del trabajo remunerado (Ministerio de Salud, s.f.). De hecho, el papel de la mujer como sujeto cuidador se puede rastrear al estado más primitivo de la humanidad, si bien tanto hombres como mujeres eran esenciales para la supervivencia colectiva, la capacidad reproductiva de la mujer la destina a una existencia sedentaria mientras el hombre se encarga de cazar o pelear, ella permanece en el hogar (Beauvoir, 1949).

Asimismo, fuentes de la antigüedad, como el historiador Tito Livio, permiten evidenciar el papel de la mujer como la cuidadora, esto también se ve, por ejemplo, en la mitología griega y en los textos de Homero con el papel de la diosa-madre, en la analogías a la fecundidad, como Isis, Nut y Osiris en Egipto, como Istar en Babilonia, como Gea, Rhea, Cibeles, Deméter en la Antigua Grecia, todas estas, en comparación con sus contrapartes masculinas, no son más que esposas o divinidades importantes pero secundarias (Beauvoir, 1949). Las mujeres eran entonces diosas, curanderas, matronas y madres, este imaginario se mantiene constante en las sociedades precapitalistas, durante la Edad Media la mujer, dependiendo de su estado civil, cumplía con ciertas labores, si era esposa tenía una función dentro del hogar en tanto era la encargada de cuidar de este y de los que habitaban en él, por otro lado, las viudas y vírgenes, así como las religiosas, debían visitar a los enfermos, alimentarlos, asearlos y estar pendiente de garantizarles los cuidados necesarios para mejorar su salud (Massé, 2017).

Hasta este momento de la historia no existía una clara división entre el ámbito público y el privado, fue hasta el siglo XVIII con el inicio de la Revolución Industrial que se da una clara distinción de estos, y donde “la esfera doméstica queda entonces designada como el espacio de realización de tareas meramente reproductivas, y pensada para la satisfacción de necesidades básicas de los miembros de la familia” (Vega, 2017, pg. 176); es así que esta distinción de los espacios se define desde la división sexual del trabajo, donde los estereotipos de género que se llevaban construyendo por siglos definieron que la mujer se encarga de ser “la guardiana de las buenas costumbres” en el ámbito privado, mientras que el hombre puede desempeñarse en ambos espacios, en el privado como el espacio para proclamar la igualdad y el público para ejecutarlo.

De esta forma se ha construido a la mujer como un ser dependiente, altruista, emocional, entro otros rasgos que permiten que su rol como cuidadora se acentúe y acepte en la sociedad, son características que llevan a la mujer a buscar satisfacer las necesidades del otro, por lo cual el espacio al que es relegada es el privado, más específicamente el espacio doméstico, se le prohíbe el espacio público puesto que ella no hace parte de este. La Revolución Industrial permitió la creación del matrimonio entre el capitalismo y el patriarcado, si este último no existiera el primero nunca hubiese podido levantarse, antes de que este hecho histórico se diera la esfera doméstica implicaba relaciones de reciprocidad que se disociaron con la llegada de la sociedad industrial, la remuneración monetaria acentuó esta división y el trabajo doméstico se entendió como una inactividad, como una ayuda a la propiedad privada familiar y para mantener el sistema social (Vega, 2017).

Cuando se empieza a incorporar a la mujer al trabajo extradoméstico hacia mediados del siglo XIX y principios del siglo XX presentaron una “falsa igualdad”, puesto que a pesar de que se les permitió el acceso a otras esferas de la economía, estas de todas formas debían seguir cumpliendo con las labores domésticas que habían estado ejerciendo (cabe aclarar que estos factores dependían también de la clase social de las mujeres, puesto que algunas tenían a otras mujeres que cumplieran con las labores de cuidado mientras estas estudiaban o se encargaban a la vida en sociedad). Sin embargo, ante la ley las desigualdades entre hombres y mujeres eran latentes, lo que llevó al incremento de la lucha por los derechos civiles de las mujeres como el sufragio, el derecho a la propiedad, a que los hijos también fuesen reconocidos como suyos, al divorcio, entre otras (D’Atri & Murillo, 2018).

Las feministas, tanto desde la práctica revolucionaria como desde la academia, han construido un movimiento que busca la liberación de la mujer del patriarcado, entendiendo este como un sistema estructural que, en unión con el capitalismo, ha subordinado a la mujer al dominio del hombre. Éstas han cuestionado y teorizado el papel que este sistema le ha dado a la mujer, y por consiguiente al hombre en la sociedad y que ha permitido la opresión de esta, el cuidado es uno de los elementos que se cuestionan en esta teoría y que ha sido un elemento en el análisis que estas mujeres han hecho del sistema patriarcal y la forma en la que se relaciona con las mujeres.

El patriarcado y el capitalismo, como estructuras de larga duración, han sido fundamentales en el desarrollo de la historia y han permitido que determinados hechos y coyunturas se desarrollen de la forma en la que han sucedido. Asimismo, aún hoy en día tienen gran influencia en las relaciones entre hombres y mujeres en el mundo, así como en la creación de políticas públicas, se ve en la academia y la producción que hay en esta, en la violencia que atraviesa el cuerpo sexuado de la mujer, se ve en el acceso al trabajo, en las jornadas laborales, se ve en todos los momentos de la vida cotidiana de la mujer.

Teniendo en cuenta lo que se ha dicho anteriormente y basándonos en los informes de la OXFAM y la ONU Mujeres que plantean que las mujeres dedican cuatro veces más tiempo al trabajo no remunerado que los hombres, se puede afirmar que esta división sexual del trabajo no se ha transformado y que sigue más vigente que nunca, por un lado tenemos a las mujeres que hacen parte de la economía formal de trabajo y que además de hacer las horas diarias en este deben cumplir con sus labores domésticas, tenemos también a las amas de casa que dedican todo su tiempo a ejercer estas labores, o a las mujeres que se dedican al trabajo doméstico en domicilios que son ajenos al suyo y que aún así cumplen estas mismas funciones en sus hogares; en todos estos casos el cuidado es invisibilizado, ignorado y no remunerado.

Es dentro de este contexto que se va a partir para hablar de la cuarentena producto del COVID-19, en dónde al estar confinados en los hogares las relaciones económicas, sociales y familiares se transforman y han llevado a que las labores domésticas y de cuidado que las mujeres ya hacían en su vida diaria se incrementen.

“Lo personal es político”: lo doméstico y lo privado de la mujer confinada

“No olviden jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Estos derechos nunca se dan por adquiridos, deben permanecer vigilantes toda su vida”

-Simone de Beauvoir

Hace 85 días que la OMS declaró al COVID-19, o al llamado coronavirus, como una pandemia, hace 71 días que en Colombia se llamó al confinamiento. Esta situación ha llevado a que más o menos un tercio de la población mundial se refugie en sus casas del virus, es decir, esta ruptura de la que se habló anteriormente de los espacios públicos y privados ahora se ve difusa, puesto que lo que solía ser lo “público” pasó a coexistir en lo doméstico con lo privado, por lo menos en la materialidad, ya que el verdadero espacio público hoy en día se encuentra en lo virtual.

Los cuidados son interdependientes y relacionales, todo ser humano requiere de cuidado o cuidará a alguien en su vida. Esta dificultad sanitaria ha puesto en evidencia lo que las feministas han dicho por años, incluso se ha incrementado: las mujeres llevan haciéndose cargo de los cuidados desde siempre, y estos son invisibilizados, ignorados y no remunerados por el sistema económico capitalista que rige las relaciones económicas del ser humano (Batthyány, 2020). Si bien esta pandemia ha permitido reconocer el papel de los cuidadores en los servicios de salud, el trabajo invisibilizado del cuidado sigue siendo olvidado, se puede hablar de que el 80% de estos hacen parte de este último grupo, mientras que el 20% restante estaría relacionado con el sector de la salud (García, Río & Maroto, 2020).

El confinamiento de la población, que tuvo como consecuencia el cierre de los centros educativos, de servicios de atención a personas dependientes y que se enviara a la población laboralmente activa al teletrabajo ha concentrado la carga de los cuidados a la familia, especialmente a las mujeres, las cuales deben empezar a desempeñar papeles de trabajadoras, esposas, madres, profesoras, doctoras, cocineras, entre otras actividades domésticas todas al tiempo, lo cual lleva a que esta se sobrecargue y que, por ende, su jornada laboral (que ya podía ser doble o triple dependiendo del país) se incrementara, “la economía feminizada y no remunerada del cuidado actúa como amortiguador en periodos de crisis, de tal manera que las mujeres asumen la carga del cuidado mediante la autoexplotación” (García, Río & Maroto, 2020).

Esta no es una experiencia aislada e individual, es un hecho que se repite en múltiples escenarios y hogares alrededor del globo y que nos plantean la necesidad de la re-familiarización y la redistribución de las labores de cuidado. Kate Millet ya nos planteaba en su obra Política Sexual (1970) que lo personal es político, es decir, que las experiencias personales que las mujeres están teniendo en el contexto de la pandemia hacen parte de elementos estructurales sociales y políticos, en este caso son producto de la relación intrínseca entre el patriarcado y el capitalismo.

Ahora bien, la cuarentena ha puesto en evidencia lo que realmente implica la noción de espacio “privado” para la mujer, es decir, lo doméstico se mantiene como una constante en la vida de estas, sin embargo, las jornadas extra de trabajo no remunerado y la autoexplotación de la que se habla anteriormente, pone en entredicho que alguna vez se haya podido hablar de un espacio de este tipo para las mujeres. Aún con las luchas y las reivindicaciones del movimiento feminista, así como con sus triunfos, la mujer no ha logrado desligarse de este mandato que el género impone en ella, su rol como sujeto cuidador.

Virginia Wolff (1929) ya planteaba un problema similar, si la mujer no cuenta con un espacio privado, libertad social, dinero y tiempo esta no iba a poder producir la misma cantidad de obras literarias que sus contrapartes, los hombres, esta apreciación puede extrapolarse a todas las situaciones de la vida cotidiana de las mujeres, si una mujer no cuenta con las condiciones óptimas para el desarrollo de su vida nunca va a poder realizar lo que ella realmente desea, una actividad doméstica que le es impuesta, y que además es ignorada y no remunerada le quita la posibilidad a estas de construirse y de reconocerse como sujetos activos de la sociedad.

La mujer ha sido confinada históricamente, su identidad se esconde, se le encierra para que no accione; los mandatos del género (construidos por el patriarcado), la subordinaron al poder del hombre, construyéndola como la antítesis de este, y le dieron unas reglas que ella debía seguir, confinando su voz y su conducta. El movimiento ha ganado muchas luchas, así como ha perdido muchas otras, y la pandemia se presenta como un obstáculo para aquello que se ha reivindicado, devuelve a la mujer a lo doméstico, la silencia y la relega al cuidado en aras de un bien común, sigue trabajando en conjunto con el capitalismo para explotarla, sus mentes, sus cuerpos, sus habilidades se ven puestas en un segundo plano, porque primero esta su papel manteniendo de la familia y siendo la base de una economía que necesita de ellas para existir.

Economía del cuidado y la crisis estructural del capitalismo: Caso del COVID-19

Mientras exista el patriarcado como una estructura que regula las relaciones sociales en el mundo, no se puede hablar realmente del fin del capitalismo. Federici (2018), tras analizar los planteamientos propuestos por Marx en El Capital, encuentra que cuando esta realiza su definición del trabajo productivo como generador de valor lo hace desde una perspectiva “masculinizada”, propone que Marx ignora que, además de la expropiación del campesinado, la división del proceso productivo (para el mercado) y el proceso reproductivo (para la mano de obra) implica una división sexual del trabajo, y que mientras el primero es remunerado el segundo no lo es, esta situación se naturalizó y creó unas relaciones de poder, violencia y dominación en lo doméstico.

Si bien, con el transcurso de los años y la larga lucha del movimiento feminista, se ha ganado terreno a la desfeminización de los trabajos de cuidado y como nos plantea Aguirre (2005), hechos como los sucedidos en mayo del 68 podrían implicar una revolución cultural profunda con consecuencias civilizatorias, con el cuestionamiento del patriarcado y la familia monógama y nuclear, una lenta revolución de esta última, el confinamiento producto de la pandemia podría poner en tensión esta transformación. Mientras se sigan reproduciendo e intensificando los roles que el patriarcado ha impuesto a nuestros cuerpos y a nuestras conductas, no podemos hablar de una crisis o un fin del capitalismo, puesto que este último se construyó sobre la base del primero.

Conclusiones y reflexiones

Hablar de la mujer como un sujeto cuidador no es algo nuevo, basta con remontarse a aquello que dice la historia para entender de donde viene esta imposición que han creado el patriarcado y el capitalismo sobre las mujeres y sobre sus cuerpos. La coyuntura actual ha traído de nuevo el debate sobre las actividades domésticas que ejercen las mujeres y que ayudan al mantenimiento de la familia y del sistema capitalista, puesto que, con la ruptura de los espacios públicos y privados de la sociedad y la aglomeración de estos en un lugar material, como es la casa, han llevado a que se vea de forma más evidente la existencia de la doble y triple jornada laboral que las mujeres deben cumplir.

Este confinamiento producto de la pandemia ha llevado a que se pongan sobre la mesa cuestiones importantes y necesarias tales como la remuneración y el reconocimiento de estos trabajos comúnmente invisibilizados y no remunerados, es de esta forma que aquello que era considerado privado, como el trabajo doméstico, pase a la esfera pública y sea reconocido como lo que es: trabajo. Por otro lado, también es prudente pensarse en la redistribución de estas labores domésticas, donde estas no sean meramente funciones de las mujeres, sino que los hombres que hagan parte de estos procesos.

Ahora bien, teniendo en cuenta el carácter estructural del patriarcado y del capitalismo, sistemas sobre los cuales se construye el problema que se aborda en este ensayo, para que realmente se pueda hablar de una transformación profunda de estos roles y que los cuestionamientos planteados en el párrafo anterior se den realmente, se le debe apostar a la abolición de estas estructuras que se han encargado de subordinar y oprimir a la mujer a lo largo de la historia, esto con el fin de liberarla de aquello que se le impone y que el dilema de la “libre elección” sea uno que no se cobije bajo la lógica de relacionamiento que estos dos sistemas han construido para la sociedad.

El cuidado de la vida debería ser un problema de todos los seres humanos que hacemos parte del mundo, sin embargo, es imposible hablar de un mundo igualitario y justo con las mujeres mientras que las estructuras que han servido para oprimirla sigan vigentes, para realmente acabar con el capitalismo es necesario apostarle también a acabar con el patriarcado, puesto que el primero siempre estará, así se transforme, mientras existan mujeres que lo sigan sosteniendo desde sus hogares.

Se le debe seguir apostando al cuidado como una apuesta revolucionaria desde el amor eficaz, sin embargo, si este no se cuestiona y no se busca que se aleje lo más posible de las estructuras que lo construyeron la subordinación de la mujer a un patriarcado que la oprime seguirá vigente en nuestras sociedades.


Bibliografía

Aguirre, C. (2005). Prefacio en Wallerstein, I. (2005) La crisis estructural del capitalismo. México: desde abajo

Batthyány, K. (marzo de 2020). La pandemia evidencia y potencia la crisis de los cuidados. Recuperado de: https://www.clacso.org/la-pandemia-evidencia-y-potencia-la-crisis-de-los-cuidados/

De Beauvoir, S. (1949). El segundo sexo. Bogotá: Penguin Random House

D’Atri, A. & Murillo, C. (julio de 2018). Nosotras, el proletariado. Recuperado de: https://www.laizquierdadiario.com/Nosotras-el-proletariado

García Calvente, M., Río Lozano, M. & Moroto Navarro, G. (2020). Género, cuidados y coronavirus: antes, durante y después de la pandemia. Recuperado de: https://www.easp.es/web/coronavirusysaludpublica/genero-cuidados-y-coronavirus-antes-durante-y-despues-de-la-pandemia/

Federici, S. (2018). El patriarcado del salario. Traficantes de sueños. Recuperado de: https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/TDS_map49_federici_web_0.pdf

Massé García, M. (2017). La mujer y el cuidado de la vida. Comprensión histórica y perspectivas de futuro. Cuadernos de Bioética. Recuperado de: http://aebioetica.org/revistas/2017/28/94/291.pdf

Millet, K. (1970). Política sexual. Madrid: Ediciones Cátedra. Feminismos

Vega Montiel, A. (2017). Por la visibilidad de las amas de casa: rompiendo la invisibilidad del trabajo doméstico. Recuperado de: http://www.scielo.org.mx/pdf/polcul/n28/n28a8.pdf

Wolff. V. (1929). Una habitación propia. Barcelona: Editorial Seix Barral. Recuperado de: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/wilde/habitacion.pdf

 
 
 

Comentarios


Post: Blog2_Post

Subscribe Form

Thanks for submitting!

©2020 por Blog Violeta-De FemLucha. Creada con Wix.com

bottom of page